En la búsqueda vive el encuentro

Sigo dando pedales. Sigo avanzando hacia Oriente. La incertidumbre se ha convertido en rutina, y ya casi ni escuece vivir sabiendo que no tengo ni idea de lo que encontraré mas adelante… ¡Como si en mi vida occidental lo supiera! Los espejismos de la vida cómoda.

Descubrir el no control me ayuda a seguir ilusionado en el aprendizaje. El arte de fluir, de adaptarme y de aceptar lo que me pasa como si lo hubiera elegido… ¿Sera así realmente? Por si acaso fuera un sí, intento no pelear mucho con lo que me va viniendo.

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Veo muchos perros, algunos solitarios, otros en pequeñas manadas de tres o cuatro. Es extraño porque aparecen como de la nada, en lo alto de un repecho, o a lo lejos, en medio del páramo, o dormitando al lado del camino. Deben ser de la misma raza. Tienen envergadura, la cabeza grande y un denso pelaje. Son grandes como mastines, pero estos de aquí me parecen mas ágiles. Me llama la atención que tienen las orejas  cortadas  y algunos llevan collares con enormes y oxidados pinchos. No son salvajes, ni tampoco se mueven con un rebaño al que proteger. Me intriga saber de donde vienen.

A los animales, en general, los que viajamos a dos ruedas no solemos gustarles y se muestran alerta. No nos reconocen y supongo que sus instintos les despiertan los temores. Los perros me suelen ladrar y después, me persiguen durante un rato con sus carreras y sus ladridos. Algunos se ponen fuera de sí y entonces los sorprendo echándoles un chorro de agua en el hocico, o paro la bici y les grito. Se que los ladridos no esconden malas intenciones, aunque pueden llegar a ser muy molestos y darme algún que otro susto.

Pero los  perros que me encuentro estos días no me ladran, ni tampoco me persiguen. Su presencia y la seguridad que muestran al mirarme, me intimidan, y también me quitan importancia… Son tranquilos, me parecen majestuosos. Cuando las distancias son cortas, puedo ver nobleza en sus ojos. Les silbo suavemente y les saludo, ellos me siguen con sus miradas, muy serios, pero sus cuerpos no me dicen nada y no se muy bien como interpretar esos silencios.

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Con el paso de los días, voy tratando de acortar las horas de navegación y pedal. Hace ya tiempo que sumar kilómetros perdió importancia, dando espacio a disfrutar de la luz que despide al día. Al atardecer la energía está tranquila, reposada, y estirar el cuerpo, respirarme un poco o dejar que los ojos cansados reposen en el paisaje mientras se cuece el arroz, son regalos a los esfuerzos del día.

Aunque no siempre paro cuando quiero y, algunas veces, lo hago cuando puedo. Es el entorno el que me ofrece los lugares donde pasar la noche, y no todos son buenos.

“Cuando no se puede lo que se quiere, hay que querer lo que se puede”. Ahora recuerdo esta frase que un día me dijo un gran hombre y buen amigo. Gracias, papá.

Hoy ha sido uno de esos días en que por más que quería, no podía. Y así, las ruedas de Karuna han estado girando mas de siete horas. Demasiado tiempo al timón.

Y al parar, comienza la búsqueda. Es uno de los momentos más emocionantes del día. Es importante dedicar el tiempo necesario. A veces no hay mucho donde elegir, pero cualquier lugar tampoco vale.

Intento orientar mi refugio nómada a levante, pues es un gusto despertar con el Sol. Abrir los ojos, respirar y sentir su energía en la piel es parte del ritual de la mañana. Un nuevo día, una nueva vida. Además, al orientar el campamento al este, los primeros calores del día secan el rocío y la condensación de mi casa de tela, mientras preparo el desayuno.

Entre sudores y ruedas embarradas, he alcanzado la orilla de un pequeño lago. Suaves laderas, con sus trigales verdes, que se dejan caer hasta la misma orilla. Me ha costado lo suyo llegar hasta este lugar que, desde la lejanía y el cansancio, me pareció idílico. Y una vez aquí, la intuición, cada vez mas en la piel, me dice que a pesar de las apariencias, no es un lugar tranquilo para acampar. Son cosas que no puedo ver ni entender desde la razón, como tantas otras. Así que, he dado la vuelta y me he sumergido en el barro, de nuevo, sin preguntarme el porqué.

Me fascinan los misterios de la intuición, es como un superpoder que tenemos y que apenas utilizamos… y claro, se nos va oxidando. Estamos muy ocupados siendo habitados por la razón, la lógica, lo tangible… Y viviendo un poco en blanco y negro, también.

Estoy agotado, pero tengo que seguir buscando el lugar donde pasar la noche. Es como jugar al escondite con el Universo.

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Parece que las mezquitas brotan en primavera y, por muy pequeña que sea la aldea que atravieso, puedo reconocer su minarete desde lejos. En este país, hay sobrepoblación de mezquitas. Antiguas, modernas, en construcción. Parece evidente el mensaje que alguien puso en el viento, pero encuentro tantas mezquitas como latas y botellines de cerveza en las cunetas. Me da que algo está fallando.

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Tengo una invitada a bordo. Hace unos cuantos kilómetros que nos hemos conocido y ya me parece que somos inseparables.

Creo que estos días, igual me apetece algo de compañía y por miedo a la respuesta, no me lo había preguntado a mi mismo.

Yo le hablo, pero ella no me dice nada. Debe ser tímida y parece cansada. Ya le he dicho que pienso llevarla hasta donde ella quiera… Es muy peluda y sus patas van hasta arriba de polen. Es hermosa.

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…………..

Ya voy pillando algunas palabras de esta lengua tan antigua y, aunque no me dan para mantener conversaciones, me permiten acercarme de otra manera a las personas que voy encontrando. Aunque el verdadero descubrimiento ha sido aprender el significado de algunos gestos. Los turcos los utilizan mucho y hay algunos que, ahora que se lo que comunican,  me resultan imprescindibles. Es un buen invento hablar con el cuerpo siendo consciente de lo que se expresa. Ya sé como interpretar una negativa, o como expresar satisfacción con algo que me gusta mucho. Es divertido.

La mayoría de las personas que encuentro, ponen verdadero interés en la comunicación. Algunas incluso se disgustan cuando no les sale una palabra en inglés que creían recordar o no consiguen hacerse entender. Realmente quieren comunicarse y eso es algo muy bello entre las personas.

………………

Y así, sumando atardeceres, cansancios y algunas revelaciones,  voy dejando de ver Anatolia Central en el reflejo de mi espejo. Ahora mi pequeña brújula marca, de nuevo, SE. Rumbeo hacia el lago Van, en el centro del Kurdistan, al sudeste de Turquía. De vuelta a las montañas.

Aunque estoy lejos de las zonas en guerra, empiezo a ver campamentos militares. Son controles de la policía militar turca, instalados cada pocos kilómetros. Avanzo por rutas secundarias y los hombres que viven en estos pequeños  destacamentos  se sorprenden al verme.

Según avanzo, mi pasaporte y mis explicaciones sobre el porqué de mi presencia por aquí, salen a ver la luz cada vez más a menudo y empiezo a sentir incomodidad. Creo que no entienden que hace un ciclista por aquí, lejos de las rutas principales… Y solo. Hay algo de inquietud en este aire que respiro, pero creo que esta vez no quiero verlo.

Llevo tres días con el miedo en el cuerpo. Tres días buscando caminos donde no encontrar controles y encontrándolos cada pocos kilómetros. Tres días tratando de sonreír entre uniformes, armas y hombres hostiles ante los que empiezo a entender que la comunicación no es posible. Tres días temiendo que me obliguen a dar la vuelta y deshacer el pedaleo que me ha traído hasta aquí, hasta no sé muy bien donde. Eso sería un duro golpe.

Cuarto día. En algún control, creo que me confunden con alguien que trae malas intenciones y encuentro agresividad y formas violentas y amenazantes en estos hombres. Demasiada dureza. Ya no me funciona ni hablar en gramelo. La cosa se pone fea. Consigo seguir adelante, y veo claro que la bici ahora, no es el medio para continuar. No me doy opción a respirar lo que estoy viviendo, temo derrumbarme y ahora lo importante es salir de aquí.

Lo que fue un acierto, ahora se convirtió en error. Casi no hay circulación, nadie a quien pedir ayuda. Tengo que seguir pedaleando y lo que tengo a proa son muchos kilómetros de subida bajo un Sol entregado a su labor. Las montañas están desnudas, como si no tuvieran vida. Una vez más, me veo reflejado en el paisaje. Avanzo por inercia y lo que veo es desolador.

Muy de vez en cuando paro a descansar, y lo hago escondido detrás de grandes bloques de roca para evitar ser visto por los grandes vehículos militares, blindados y armados que van y vienen, conectando campamentos de control. Tengo que salir de aquí.

¡Un coche! No me da tiempo ni a levantar la mano. Casi sin darme cuenta, la burrita y yo estamos a bordo, recibiendo una bronca entrañable y paternal del ángel que vino al rescate. Este hombre me explica que apenas circulan por estas carreteras, porque prefieren hacer más kilómetros, rodeando, para evitar estos controles. Furkan no entiende que se me perdió por aquí y me advierte de los peligros, que ya quedan atrás.

Ahora, más al norte, me pregunto que siento, y en la respuesta no encuentro miedo ni rabia. Solo una profunda tristeza. Tengo el corazón encogido y lo siento tembloroso y vulnerable. He encontrado personas que maltratan a los demas, llenas de odio y oscuridad. La ignorancia es una esclavitud. Ver como el ser humano puede alejarse tanto de lo que es en esencia, amor y libertad, me dejó alguna marca en el alma que el viento y el agua se encargaran de erosionar. Esto también pasará.

Vivencias que calan, y que me llevan a mostrarme compasivo conmigo. Hoy estoy solo y necesitado de cuidados y algún abrazo, y dentro, me los encuentro. Me siento conmigo y en mí, y eso me alivia y me hace sentir bien.

Es cierto, el mundo es un lugar maravilloso, pero también es un lugar cada vez más enfermo y hostil. Son tiempos difíciles. Pienso en el mundo que encontrarán mañana los niños de hoy… Pienso que lo mejor que puedo hacer es ocuparme de mi mundo.

Ahora, más que nunca quiero tener fe y confiar en las personas. Quiero seguir buscando verdad en sus bondades. En la búsqueda vive el encuentro y eso le da algún sentido a este viaje.

Las ruedas siguen el giro… ¡Irán a la vista!

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(Anatolia Central, sudeste y este de Turquía)

4 pensamientos en “En la búsqueda vive el encuentro

  1. Me encantaría darte un abrazo fuerte lleno de energía, eres fuerte y en este viaje conoceras tu otro yo. Llevas muchos ángeles contigo que te protegen.
    Adelante tete, rumbo SE hasta que tu intuición te lo marqué! #orgullodehermano

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  2. Te estás convirtiendo en un filósofo pequeño padawan!
    Ten fuerza y no te dejes amedrentar por el caqui, sobre todo que no te minen la moral.
    Un abrazo muy fuerte.

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  3. Leyendote me transporto al lugar en que estás. Admirable!! Yo estaría aterrada de estar por tierras donde la gente se mueve “armada”… aunque sean militares. Muchos ánimo y disfruta!

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