El viento arrecia

A los turcos les encanta su bandera. Las hay por todas partes y de todos los tamaños. Ya son varias días los que llevan ondeando al viento de levante, que ya podría rolar a poniente, digo yo.

Todavía no sé su significado, el de la bandera digo, y desde mi imaginario, veo una pequeña luna y una estrella solitaria, la primera en brillar cada noche. El color rojo es el del atardecer. Y claro, me encantan los atardeceres y la luna y las estrellas. Y también la soledad. A mi también me gusta esta bandera. Igual tengo algo de turco, o de bandera… O de loco.

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Han venido las cigüeñas. Creo que es señal de que ya me va apeteciendo ser padre. Las he visto volar al  atardecer, mientras secaba mi cuerpo cansado, después de bañarme en el río. Había muchas, muchísimas. En amplios y generosos giros en espiral, han ido perdiendo altura y ganando tamaño hasta ir tomando tierra muy cerca de donde estoy acampado, entre un prado muy verde y un pequeño riachuelo lleno de ranas croando y renacuajos nadando. Algunas aterrizaron en el prado, otras en los árboles. Parece que hemos elegido el mismo hotel para pasar la noche. No sé si vienen o van… O quizá viven cerca.

Vistas desde abajo, sus alas blancas y negras desplegadas son más grandes que su cuerpo. En los extremos, unas enormes plumas negras que se separan entre sí, dan el aspecto de ser grandes dedos. Me he escondido detrás de un árbol y las he espiado durante un largo rato. Tienen un pico naranja y grande. Sus patas son finas y deben ser muy resistentes. Son preciosas estas aves. Siguen llegando. Algunas, cerca ya del suelo, castañean con sus picos emitiendo unos sonidos fuertes y huecos que, a esta hora del día y en este lugar, es una música vibrante que me emociona profundamente. Es la Naturaleza, que me invita a su intimidad y me recuerda porque estoy vivo. Siento gratitud, y también un deseo casi incontenible de compartir con algunas personas esto que estoy viviendo… Pero eso ahora no es posible, ni tampoco sería lo mismo. Al menos no tan íntimo.

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Así que respiro profundo y me dejo bailar por esta alegría que siento de verdad, en este momento. Es lo mejor que puedo hacer.

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He decidido cruzar este inmenso país por el centro, por las Anatolias. Pensé en hacerlo por la costa del mar Negro, pero me dejé seducir por la idea de navegar por carreteras y caminos remotos, sin apenas trafico, conectando aldeas, encuentros y vivencias.

Cuando tengo que decidir algo, a menudo tengo la sensación de que ya está decidido de antemano. Aunque le de unas vueltas, a veces incluso revueltas, en el fondo ya sé que le voy a guiñar el ojo a lo más complicado, lo que suponga más esfuerzo o me proponga más incertidumbre. Es una sensación extraña, y también natural. Y después, arrepentirme, una y cien veces por haber vuelto a elegir la dificultad. Eso también lo sé. Y más adelante, cuando me levante el castigo, lo volveré a hacer. La rebeldía del payaso.

La satisfacción es mayor cuanto mayor es la dificultad. Supongo que también es algo que buscan las personas que deciden movimiento para sus vidas.

Voy a sumergirme en la Turquía más profunda y ancestral. O eso creo.

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Yo ya no sé los días que llevo dándole duro con el viento por barlovento… cuatro, tres, cinco, seis, tres, cuatro… Perdí la cuenta. Es levante lo que sopla y en mi rumbo SE me azota por la amura de babor. Sopla fuerte y sin descanso. Desde que que me pongo al timón de la burrita por la mañana, hasta que atracamos al atardecer en algún fondeadero sin mar, pero con estrellas y Luna. Solo amaina al caer el Sol, dejándose ir a una brisa que refresca las noches y mis piernas cansadas, y que evita que el rocío empape el techo de mi tienda de campaña en la madrugada.

Al mediodía arrecia, travieso y juguetón. Arrecia el viento y arrecian mis ganas de pedalear, ¿Qué otra cosa puedo hacer?

Muchos ciclistas dicen que el viento en contra es el peor enemigo. Es duro pedalear y sentir como si llevara un ancla flotante abierta por popa, que frena y hace mi rodar lento y penoso. “Algun día, dejara de soplar”, es mi mantra. Hasta entonces, me toca encorvar el cuerpo y apretar los dientes. Y también, en algún momento, me vengo abajo. Y después del bache, me digo que está perfecto.

La motivación, algunos días se me queda sin fuelle y en esos, la rendición es un buen camino hacia el descanso interno y también hacia la humildad. Otros días, me acepto el reto de sumergirme en la mente y explorar sus estrategias, que son las mías, para hacerme abandonar. Va filtrando pensamientos negativos y yo, los voy viendo pasar. Si me dejo atrapar por alguno, tengo garantizado un rato de agonía sobre ruedas. Y esto me pasa a menudo. Así debe ser. Aunque, también a menudo, la aceptación llega después del lamento.

Es muy cierto que, salvo cuando estamos presentes y conectados con algo real, son los pensamientos los que crean la realidad que vemos. Voy por la vida siendo pensado por una mente loca y salvaje que me hace ver lo que no es… Y sufrir. Y también hay ratitos de ecuanimidad en que la luz se cuela por alguna rendija, y eso es una bendición.

Mantener la atención es puro funambulismo mental. Vivir en el presente es vivir en la eternidad.

Lo más divertido es que ya tenemos dentro todo lo que necesitamos para transformar esa ciega reactividad mental en acción consciente, liberadora. ¿Y no será para eso, precisamente, que se nos regaló la vida?

Puede que sí, puede que no. Para mí, algo muy importante, ya que paso tanto tiempo conmigo, es tratar de disfrutar el proceso… Soy torpe e imperfecto y estoy aprendiendo a amarme. Y nadie me dijo que la cosa iba a ser fácil… Chancleto, ¡llamada de socorro!

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Voy avanzando hacia Anatolia Central… Estos días las ruedas de la burrita giran con alegría siguiendo el cauce del río Sakarya, colándome entre grandes montañas que huelen a pino y a manzanilla silvestre. Aquí las subidas no se andan con tonterías y son duras de verdad.

Anoche tuve visita. Por su forma de respirar y olisquear al  lado de mi tienda supe que era grande. Supongo que los olores desconocidos llamaron su atención y se acercó tanto que sentí que mi espacio vital se quedaba sin límites. Instintivamente, se lo hice saber haciendo ruidos metálicos con la cacerola y se alejó, pero no se fue.

Algo lejos ya, escuchaba sus gruñidos. Y yo empecé a gruñir también, tan alto y fiero como pude y al poco, sentí que entraba en un lugar desconocido, una extraña conexión con mi cuerpo y el animal que lo habita. Éramos dos animales y sus instintos. Dejando ser al cuerpo. Me sorprendió no sorprenderme de mi piel erizada, de enseñar los dientes, de sentir el cuerpo relajado y preparado para la acción. Creo que mi visita era un lobo. O un jabalí. O era yo. O fue un sueño… Después del trance, caí rendido y los gruñidos se convirtieron en ronquidos. Quizá estos le asustaron mas.

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Algunos encuentros son fugaces. Otros pueden durar horas. Un saludo tímido. Una sonrisa llena de vida y autenticidad. O unas palabras que se cruzan sin encontrarse. Algún pastor que me invita a almorzar junto a su rebaño y a sus historias. Los agricultores con los que compartir el té y miradas curiosas…  Y retazos de vida.

Creo que estas personas no lo saben, pero ver mi reflejo en sus ojos me calienta por dentro y me alegra el espíritu.

Son días de mucho calor, parece que el verano ha madrugado por aquí. He cruzado las montañas del norte y en el descenso hasta los valles, mas de un kilo de cerezas se ha colado en mis alforjas. Son brillantes y jugosas. Deliciosas. Me las como calientes, cargadas de Sol y de dulzura, sentado a la sombra de un cerezo y las saboreo tanto como puedo, imaginando las flores que llenaban de alegría estos campos hace un par de meses.

El camino proveerá. Así es.

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Me he subido a una gran meseta llamada Anatolia. Aquí, la tierra se viste con tonos marrones y amarillos tostados y con el verde de los trigales y de los álamos que recorren, infinitos, esta inmensa y solitaria estepa que ocupa el centro de Turquía. A lo lejos hay volcanes y barrancos, y profundos valles, pero desde aquí arriba no los veo.

Respiro una soledad majestuosa e imponente. Una soledad en la que no me siento solo.

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Hace más de 8 milenios, este lugar fue una de las cunas de la civilización. Parece ser que por aquel entonces, los pueblos  que aquí vivían, ya eran testigos de conflictos entre Oriente y Occidente… Tanto tiempo y que poco hemos cambiado en esto. Al mundo no le caben ya más guerras.

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De nuevo estoy navegando por La Mancha. No sabía que mis lazos con esa tierra eran tan especiales, ¡La veo en tantos lugares!

De las orillas de los caminos, salen como disparadas las perdices. Parecen flechas con sus vuelos potentes y estirados. Son pájaros fuertes. Cuando las veo, freno en seco para escuchar el batir de sus alas alejándose hacia otro refugio. También hay abubillas y mirlos cantarines. Y cardos, orgullosos de sus flores malva que son la alegría y el color de este paisaje tan austero. Son flores llenas de espinas y de frondosidad. Así me veo hoy, como la flor de un cardo mariano.

Las carreteras son pequeñas y están llenas de agujeros y socabones. Son muy incómodas y cuando puedo, prefiero los caminos. Apenas cruzo más de diez coches al día. Tractores, algunos más. Cuando llego a alguna aldea, veo más animales que personas. Éstas, están en los campos.

Algunos paisanos están labrando la tierra a bordo de sus tractores. Me divierto parando a saludarles y a charlar con ellos. Estos hombres me transmiten cosas sencillas. Están alegres y es una gozada observar sus gestos y sus manos grandes y curtidas, llenas de historias y de dureza.

A pie de tierra, con sus cuerpos flexibles y cubiertos de un montón de capas de ropa están las mujeres. Ellas están mas presentes en los campos que los hombres. Creo que no debo gustarles mucho, a las mujeres digo. Al verme se cubren la cara con sus pañuelos, pero no retiran su mirada. Les puede la curiosidad… Pero también la religión, la tradición o lo que quiera que sea que las lleva a negarme el saludo. Levanto la mano y la sonrisa, pero no encuentro respuesta. Esto me crea sensaciones encontradas y no es fácil comunicarme con ellas. Trato de aceptar, pero me cuesta entender. No tengo duda que bajo el disfraz que todos nos ponemos cada día, bajo la etiqueta, hay un ser humano que siente, pero nos empeñamos en reprimirlo y no dejarlo que se asome a ver el paisaje con sus propios ojos…

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El viento arrecia y yo, a lo mío… Algún día, dejará de soplar…

(Mármara, Anatolia Central. Turquía)

4 pensamientos en “El viento arrecia

  1. Que grande eres compañero, estás dando luz a aventuras que tu padre siempre ansió, te acompaña el espíritu y la protección de tu abuelo, el cual soñó con historias allende los Pirineos, aunque,en algún momento, de su corta vida , tuvo la suerte de ser PASTOR. Un gran abrazo y, como siempre, mi apoyo incondicional.

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