Encuentros con desencuentro

Algunos griegos me preguntan sobre mi viaje y yo les cuento ilusionado que voy hacia Turquía. Entonces, muchos de ellos niegan con la cabeza, cogen un arma imaginaria y disparan al suelo con gestos traviesos en sus caras. Supongo que intentan hacerme ver que hay peligros mas allá de la frontera. En este rincón del mapa, conviven en poco espacio griegos, búlgaros y turcos. Demasiadas banderas para tan poco espacio. Cuando unos creen que su realidad es la única posible, saltan chispas y egos entre los vecinos que, aunque no quieran, seguirán siendo hermanos.

Aun así, me sorprende su reacción. No quiero conquistar su realidad, invadida de prejuicios y no sé que  más cosas, así que cuando ellos hacen el  gesto de disparar, yo pongo el sonido. A veces fuertes explosiones, a veces fogueo, a veces metralletas y otras un simple “pium pium”. Unos se ríen y siguen disparando sus armas imaginarias. Otros se sorprenden y detienen sus disparos… Ellos  seguirán pensando que Turquía es tierra hostil y yo, que la  risa y el juego es la distancia más corta entre las personas.

…………………..

Lo encuentro amarrado a un poste, a pleno Sol del mediodía, en las afueras de una aldea. Está muy flaco y tremendamente triste. Un caballo maltratado. La escena me desgarra por dentro. Siento la mandíbula en tensión y las lágrimas, que no asoman ni por asomo, me niegan el alivio. Creo que antes tengo que gestionar una emoción mas burda. Como en un latigazo, un intenso odio me recorre el cuerpo. Los músculos  se me aprietan y la sangre se me espesa. Ojalá no me hubiera cruzado con él, ojalá hubiera decidido otro desvío, pero necesitaba vivir esto para aprender algo en el camino. Ahora, me cago un poco en el aprendizaje. No entiendo y me duele el  corazón. Pienso en cortar la cuerda que lo ata a un humano cobarde e ignorante, pero creo que no es buena idea. La nobleza y el miedo de este animal, lo mantendrán, con cuerda o sin ella, en el mismo lugar. Me alejo. Necesito sacudirme por dentro. Me bajo de Karuna y echo a correr rápido por un camino, gritando todo lo alto y fuerte que puedo, hasta que no me queda pulmón, ni piernas. Y de nuevo, algo se me quiebra por dentro… Y al fin, dejo ir lo que no es mío…

Un ser humano que trata así a otro ser vivo, ¿Cómo se tratará a si mismo?

Amor como medicina universal. Me entretengo pensando que no basta con pensarlo. Palabra y acción en sintonía y coherencia. Y a cada paso, a cada pedal, nuevas oportunidades para seguir experimentando la vida. Ahora entiendo algo… O nada.

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……………………

Estaba dándole agua del río y estropajo de los chinos a mi pequeña cacerola cuando una intuición, de esas que se cuelan fugaces y llegan antes que el pensamiento, me hizo mirar hacia el camino  abandonado, transitado apenas por animales de cuatro patas o nómadas de dos ruedas, que llegaba hasta mi pequeño campamento, a la vera del río.

Aún están lejos, pero la vista me da para pasar lista. Once personas. Están parados, expectantes. Me miran. Los miro. Se miran. Me miro… Hay algo extraño en este encuentro. Quizá por lo inesperado. O quizá por el misterio que trae consigo el ocaso. Ya se va la luz y en la Naturaleza, cuando llega la oscuridad, a mi también me llegan algunos miedos que siento como ancestrales. En este momento del día, me siento un poco más solo.

Seguimos parados, mirándonos en la distancia pero sin vernos los ojos. No estoy cómodo y hay algo de tensión en este aire que respiramos. Ellos no esperaban encontrarme y yo no esperaba visitas. Solo han pasado unos segundos, pero el concepto del tiempo va por ahí sin reloj y a mi me parecen horas… “Confía”… Levanto el brazo con energía y les saludo. Sus miradas se convierten en pasos firmes y seguros que vienen a mi encuentro… Yo voy al suyo, dejando atrás mi campamento y mi intimidad… “Confía”… Nos encontramos. Visten ropas oscuras y curtidas y cada uno lleva su propio atillo de tela, amarrado con fibras viejas, colgado a la espalda. En el cargan una colchoneta enrollada y algunas cosas más que no alcanzo a ver. Nos observamos en silencio. Debemos tener una edad parecida, menos uno que es mayor que el resto. Les doy la bienvenida y les sonrió, buscándome en sus ojos. Encuentro firmeza en sus rostros y también cansancio. Son hombre fuertes y tengo la sensación de que vienen caminando desde lejos. No son griegos y dudo que sean turcos. Están serios, concentrados en observarme con detalle, en todas direcciones. Yo también les observo… Y me observo. Y me encuentro temores. Hay algo que me inquieta e intimida, también hay confusión y una sonrisa que se me va deshaciendo al no encontrar respuesta. Quizá ellos también estén confundidos. Les señalo a Karuna y, con el  cuerpo, les explico que viajo en bici y que dormiré aquí esta noche. Uno de ellos me sonríe y yo siento un profundo alivio. Encontré a mi cómplice entre un público inaccesible que llego por sorpresa. Al fin hablan. Primero entre ellos y después a mi. El mayor me ofrece un cigarro y lo rechazo mientras le señalo la bici, mis piernas y mis pulmones, tratando de poner simplicidad en mis gestos, recorriendo sus ojos con los míos. El sonríe. Las expresiones se nos van relajando y les pregunto, utilizando mis manos y mis ganas de entender, que hacen por aquí.

Uno de ellos, da un paso al frente, “Surya, Surya, Surya”, me dice señalando al  cielo con la mirada.”Surya, boom”, bajando su mirada al suelo y haciendo un gesto de explosión con ambas manos. No entiendo…

Algunos, algo agitados e insistentes, me preguntan “Problem?” varias veces. “No problem!”, es mi respuesta. De repente, el mayor, el líder, le habla al grupo. Nos despedimos y cada uno, seguimos nuestro camino.

El mío, ahora, pasa por dejar que la intensidad de lo vivido encuentre un lugar donde reposar en algún rincón de mi alma. No entiendo nada. Solo han pasado unos minutos. Para mí, pasó una vida.

Se marchan caminando en fila junto al río, con el mismo silencio y respeto que traían cuando llegaron. Me siento en una roca, observando  un rato su camino hasta que desaparecen en la oscuridad.

Miro al cielo, como intentando entender lo que ha pasado, pero lo único que encuentro es mi soledad y un alma confundida.

La noche acaba de llegar y con ella, las primeras estrellas y el reflejo del Sol en una Luna que sigue engordando un poco cada noche.

Me meto en la tienda, en silencio. El pequeño refugio de tela que me separa del resto del mundo. Cuantos pequeños refugios. Cuantos pequeños mundos conviviendo. Me quedo sentado en la entradita. Pasa el tiempo y ahí sigo, sentado con las piernas flexionadas, con el mentón apoyado entre las rodillas y los brazos rodeándome, buscando cobijo en mí. El tiempo sigue pasando y se lleva los pensamientos que me piensan. No estoy aquí, ni tampoco allí. Estoy derivando…

Afuera hay silencio y empieza a soplar un viento que viene desde el fondo del valle que vengo remontando estos días.

Trato de conectarme con la respiración. Trato de volver al presente, de entender lo que he vivido… Y de repente, ¡Entiendo! ¡Siria! “Siria, bomb”. Estos hombres que me encontraron en el principio de la noche son refugiados sirios en movimiento, viajando por tierra hacia Europa. Escapando de un pasado doloroso e inhumano. Buscando una nueva oportunidad.

Podría haberles ofrecido comida o algo de ropa. Viajo con poco, pero aun así cargo en mis alforjas más de lo que necesito para vivir. También podría haberles ofrecido algo mas de cariño, pero mi temores no me dejaron entender… Una mirada sincera y una sonrisa ajena y nerviosa fue toda la ayuda que pude ofrecerles.

Pienso en esas vidas y en el sufrimiento que las ahoga. Y vuelvo a recordar que cuando se tiró la moneda al aire, a mi me toco cara. De otra manera, bien podría yo haber sido uno de esos hombres, caminando escondido en la oscuridad, buscando una vida digna y justa. ¿Por qué tanto para unos y tan poco para otros? ¿Como puede llegar a ser tan injusto, terrible y desigual este mundo que hemos creado? ¿Tan enferma de ignorancia está la civilización?

Me cuelo en el saco lejos de mí, revolviéndome en mis miserias. Aun así, encuentro algo de fuerza para darme un abrazo y pedirme perdón por la distancia. En este momento, la culpa me pesa más que la compasión.

Que dia tan extraño. Demasiada informacion. Demasiado movimiento. Solo quiero dormir y seguir soñando  que otro mundo es posible.

…………….

Estos días estoy viendo muchos animales. En la maleza que recorre los costados de la ruta, hay muchos lagartos. Son grandes y verdes fosforito. A veces los veo correteando, pero casi parece que van volando a ras de suelo. Son muy ágiles y me sorprende lo rápido que se mueven estos bichos.

En las zonas más bajas abundan los halcones, cogiendo altura con alegría para después dejarse caer a la velocidad del rayo. Se deslizan por el aire haciendo quiebros  y cambian su rumbo en un abrir y cerrar de ala. Me encanta verlos manejarse en sus acrobacias. Creo  que se lo pasan en grande.  Más arriba, en las alturas he visto unas aves muy grandes. Me parecen águilas. Se pasan largos y calmosos ratos a bordo de las corrientes cálidas que suben desde los valles, dibujando caminos en el aire. Los pájaros son la esencia de la libertad y poder observar sus vuelos aquí, en las montañas, me ayuda a respirar profundo.

Esta mañana me ha cruzado por delante un escarabajo… Pelotero. Ha sido toda una experiencia verlo rodar gracioso con su pelota de estiércol tan bien pulida y moldeada. Iba carretera abajo, sin frenos y a lo loco. Y yo carretera arriba, en cuesta y poco a poco. Que manera de subir y subir. Son rampas suaves y estiradas hasta el infinito las que me acercan a Turquía.

También he visto dos serpientes enroscadas cerca de la carretera. No sé si estaban peleando o queriéndose… Hoy día es algo que las personas solemos confundir mucho. Me pareció que sus cuerpos estaban entrelazados y daban vueltas  sobre sí mismas, revolcándose en un manto de hojas secas que crujía bajo sus cuerpos. No me he acercado, ni siquiera he parado. Las serpientes me dan miedo.

Y tortugas. Alguna descarada, cruzando la carretera como si la cosa no fuera con ella. Me agrada observarlas, tan conscientes de sus ritmos lentos en un mundo tan inconsciente de sus ritmos apresurados. El contraste me acerca al camino medio. Y otra tan pequeña como una nariz de payaso… O tan grande. Que ternura la suya. La de la nariz, y la de la tortuga.

Al llegar la tarde, con la energía ya algo justa, llegaron unos cuantos kilómetros de rodar ondulado. Un continuo y tediosos subir y bajar que me ha dejado las piernas a punto de ebullición y la moral con el agua al cuello. Me he dado cuenta que cuando paso varios días llaneando, después, cuando vuelven las montañas, me pueden las perezas. Como si los altibajos no formaran parte del camino ideal. Como si el camino ideal existiese…

¡Sigue navegando Karuna, que tus ruedas no paren de girar!

………………………

O por aquí han sembrado cohetes, o eso que veo son los minaretes de las mezquitas… ¡Estamos en Turquía!

(Noreste de Grecia)

5 pensamientos en “Encuentros con desencuentro

  1. Joder que experiencia,, normal que no pensases en refugiados; yo solo habria pensado en como esconderme para evitarlos, es el instinto de supervivencia………………. pasado el susto empiezas a pensar, atas cabos y llegas a conclusiones. En fin una, pena que haya gente así en el, mal llamado, primer Mundo.Un abrazo grande y mucho ánimo

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  2. Ostras, Alejandro, la situación del caballo maltratado me ha hecho llorar… me has llegado al fondo del alma… Tu reflexión sobre la moneda al aire, que a ti te tocó cara… muy profunda también… Qué maravilla todo lo que escribes… De verdad, es un gusto leerte. Que sigas tu feliz viaje y ¡no dejes de escribir, estaremos esperando tus crónicas!

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  3. Hace unos días, me decia una persona: lo que escribe Alejandro es: balsamo para el alma y que verdad es….
    Solo hay que leerte y ver el tipo de persona que eres….un abrazo

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