Las montañas de los pastores

Las aguas del lago Kerkini están en calma. En ellas se mira el cielo. Cobalto y plata. Me gustaría ver mas allá. Seguro que estas aguas están llenas de vida. Los rayos del Sol comienzan a filtrarse entre las nubes, como avisando de lo que está por venir.

Mis ojos, perezosos en este despertar, se posan curiosos y extrañados sobre unos grandes pájaros que refrescan sus patas a la orilla del lago. Me parecen… ¡Sí, son pelicanos! También hay patos y cormoranes secando sus plumas, con sus alas bien abiertas al primer calor del día. Y enormes garzas reales, dando sutiles zancadas muy lentamente, en silencio y en conciencia. Estas aves son bellas y elegantes. Me resulta emocionante abrir los ojos y contemplar semejante espectáculo natural.

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Hay un silencio respetuoso y agradable en el aire. Casi me apetece contener la respiración, o volverla muy fina. Tengo la sensación de que los seres vivos que aquí estamos, reverenciamos al Sol, que trae energía al nuevo día, a la nueva vida que empieza con cada amanecer. Siento que formo parte de un profundo y sincero ritual.

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En mi rumbeo hacia el este, hoy me siento algo errante y remolón. Aunque no necesito dejarme caer hacia la costa, al llegar al desvío, encuentro dudas. Este, Sur, Este… Voy a su encuentro. Rumbo al Sur por un rato. A observarlo en silencio. Silencio por fuera y ruido por dentro. A dejar que mis ojos se posen en él y sentir como el ritmo interno recupera su estado natural. Silencio por fuera… Silencio por dentro. O casi. En silencio o en pensamiento, me resulta agradable sentarme frente a él y observar. Además, ya guardo algún secreto que quiero contarle. Voy a encontrarme con el mar. Aquí lo llaman Egeo.

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Y así lo encuentro, desde lo alto, tras apretar en los últimos y duros repechos antes de llegar a Kavala. Allá abajo, a lo lejos. Azul, azul, azul… No sé que extraño movimiento se da en mi interior cada vez que veo el mar, después de un tiempo tierra adentro. Es una alegría real y liberadora la que siento.

Expansión. Perspectiva. Infinitud. Azul… Me duermo escuchando las olas que llegan a esta orilla, imaginando que traen mensajes lejanos. De otras orillas.  De otros cuerpos. De otros sueños…

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Katerina es una joven griega que vive con su familia en un terreno sobre el delta del río Nestos. Justo donde éste le ofrece su vida al mar. Naturaleza austera, sin alardes. Salvaje. Con rías y humedales por todas partes. Katerina me propone cobijo para un par de noches. Debo parecer cansado. Algo apurada, me advierte que he de pagar algo. Lo que me está ofreciendo tiene un valor. Además, ultimamente andan justos en muchos lugares de Grecia. Agradezco su sinceridad y acepto su propuesta. Hoy me toca colchón, ducha caliente y conocer un trocito de otras vidas. Celebrar el encuentro.

“No need to cook today, Alexandro”, se acercan sonrientes y divertidos Katerina y sus 4 hijos . Cada uno trae algo consigo,  escondido en sus manos, tras la espalda. Como si lo hubieran ensayado para alegrar la vida del viajero, van mostrando sus tesoros. Un plato de pasta con salsa de tomate, berenjenas y queso, 2 huevos frescos, unas hojas de lechuga y tomates, un dulce casero y pan. Aún no he comido y ya estoy lleno… Lleno de gratitud y felicidad. Tengo mucha suerte por poder comer todos los días. Y quizá por ello, en este momento, la mejor nutrición que puedo recibir es la del alma. Personas que me cuidan sin conocerme, mas allá de lo que cuentan nuestras miradas.

Hay ranas croando, mosquitos picando y personas cantando…

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Rumbo Norte, con un deje de Este. Karuna navega graciosa por el cuerno de Grecia. Estoy conociendo otra cara de este país. La que no sale  en las fotos de los turistas. La que está un poco más adentro. La de las pequeñas aldeas de casas bajas. La de los tractores y las cigueñas cruzando los campos. La de los halcones y las inquietas golondrinas. La de los cultivos infinitos. La que me recuerda a La Mancha. La Grecia de los pastores y sus rebaños y sus perros. Hombres nobles y calmados. Me lo dicen sus ojos y sus gestos. Y sus silencios. Algo resuena en mi cuando me encuentro con ellos. Y sí, el sueño de ser pastor y vivir sencillo sigue presente. Algún día…

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Y así, pedaleando, he descubierto  que cuando me instalo en una realidad de mentira, filtrada por el mal humor y los pensamientos que no suman, en la que me puedo llegar a pasar largos ratos, me basta con bajar al cuerpo para encontrar la salida. El cuerpo sabe. El cuerpo es sabio. Después de muchas horas al timón, el cansancio y el hambre vienen a recordarme el porque, y lo que necesito para recuperar el buen ánimo. Comer y descansar.

Ya atardece y falta poco para darle al cuerpo lo que se ha ganado. Solo encontrar un buen lugar donde montar la carpita y hacer hogar.

Que hermosa esta la noche con su oscuridad y su cielo lleno de estrellas y deseos. En uno de ellos, viaja un sueño. Quizá algún día seré pastor.

(Lago Kerkini, Kavala, Porto Lagos, río Lissos. Grecia)

6 pensamientos en “Las montañas de los pastores

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