Siempre con una sonrisa

Llego hasta aquí pedaleando entre montañas y lluvia. El viento arrecia por la aleta de estribor y hace más agradable el camino.

Dos días en Mostar. Esta hermosa ciudad forma parte de la historia de mi familia.

Arman compartió con mi padre bellas y también duras e inolvidables vivencias. De eso hace ya más de 20 años. Como casi siempre ocurre, en las dificultades las personas crean vínculos fuertes y verdaderos. Lo superfluo que tanto aleja al ser humano de sí, queda de lado. Surge lo más esencial que tenemos y las personas nos reconocemos como lo que realmente somos: hermanos y hermanas de una misma tribu.

Hoy pertenezco a la familia Skando.

Llevo sin ver a mi amigo Haris desde hace 17 años, cuando él estuvo visitando España y vino a casa. Entonces éramos dos jóvenes llenos de sueños y ganas de ver el mundo. Me gusta ver que casi dos décadas después, eso apenas a cambiado.

Es un encuentro bonito, cargado de emoción en el que aprovechamos para ponernos al día y comprobar divertidos como los jóvenes se han convertido en hombres.

El cariño y la hospitalidad que recibo me desborda. No se me da muy bien dejarme cuidar. Como si yo solo me bastase para vivir… Y caigo en la cuenta de que tan importante es ayudar, como dejarse ayudar. Es ahí precisamente donde damos al otro la oportunidad de hablar con el corazón. Eso es algo inherente al ser humano.

Arman insiste en regalarme una botella de vino. Me cuenta que lo embotella su hermana, con uvas de unos pequeños y sanos viñedos a las afueras de Mostar. Bromeamos con la idea de diseñar unas etiquetas “Ribera del… Neretva”.

Con Haris paseo largas horas por la vieja Mostar. Es un amante de su tierra y un guía estupendo. Mientras camino, voy encontrando hermosas casas de piedra con sus tejados de pizarra, mezquitas centenarias, puentes que hacen equilibrios sobre el río Neretva y gentes amables con las que charlar un rato. Descubro una ciudad cálida y acogedora.

Y también, la profunda huella que dejo el sin sentido de una guerra. Mi amigo me cuenta como fueron sus vidas durante esos años, viviendo con el miedo y el odio correteando por la sangre. Curtiendo el corazón de insensibilidad y desconfianza.

Encuentro tantos  detalles en las historias que Haris relata entretenido mientras paseamos, que me parece que no fue hace tanto lo que pasó. Los mostareños tienen presente el horror que aquellos años dejaron en sus vidas… Y en las  que vendrían después.

Hay heridas que necesitan algo más que tiempo para convertirse en cicatriz.

Siento tristeza y rabia. Pienso en los niños a los que le arrebataron su infancia e inocencia a golpe de miedo y dolor. Me cuesta mucho creer que las personas puedan hacerse tanto daño entre ellas.

Con todo, en la familia Skando me insisten en que el mejor camino para acercarme a las personas del mundo es a través de la sonrisa; “Siempre con una sonrisa y mirando a los ojos”. Ahí encontraré lo que busco… Me llega bien adentro esta lección de vida.

……………….

El cielo está oscuro, apagado. Y las flores que suelen acompañarme al costado de la carretera, hoy están cerradas. Y así, viendo mi reflejo en las flores y en el cielo, me voy alejando de Mostar con un nudo en la garganta y en el alma. Me siento abatido.

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No quiero verlo. El buen humor dándome la espalda. Me cuesta transitar por esta emoción tan intensa. Mi tendencia a idealizar, a imaginar como debería sentirme me lleva en la dirección opuesta a lo que es en este momento. Veo a las emociones como estrellas fugaces, apenas duran unos segundos. Traen valiosa información y se van, así sin avisar. Como con prisa. A veces me olvido de escuchar su mensaje y me instalo en el ombligo, rechazando lo que es. Surge el apego y me la paso alargando un estado emocional que ya caducó hace un rato, o días, o semanas… Pero esto, también es necesario, está bien. El arte de estar atento y aprender es como las ruedas de mi bici, no dejan de rodar, siempre en movimiento.

Soy un ser permeable. Aunque no lo vea, estoy influenciado por la vibración de todo lo que me rodea, sea del color  que sea. Mi cuerpo más sutil captando información que viaja directa a la mente inconsciente. Y ahí, la razón es como un náufrago en medio del mar,  a la deriva…

Ahora entiendo…  Mi paso por Mostar, me sacudió fuerte en la piel. Me ofreció la posibilidad de aceptar algo que no me pertenece y yo abrí manos y el corazón. Llovió y me caló hasta los huesos.

Estrellas fugaces surcan el cielo y sonrío. Estoy cansado y también agradecido, me siento vivo.

(Mostar, Bosnia Herzegovina)

Un pensamiento en “Siempre con una sonrisa

  1. Que grande eres Alejandro y no de cuerpo pero SI de mente y alma. Siempre estaré contigo allá donde te encuentres y cuentas con mi apoyo incondicional

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