Tierra a la vista…

… Y un poco a la  imaginación también, pues apenas se divisa el perfil de la costa. Italia nos recibe gris, distante. Así lo siento, o quizá, así me siento. Las montañas y el mar se cuentan sus dolores y alegrías arropadas por inmensas nubes llenas de agua. El cielo está llorando y su llanto nos cala hasta los huesos…Y todavía no hemos desembarcado del ferry en el que navegamos toda la noche hasta Génova.

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Con mi amigo Tayko, pedalearemos juntos por Italia, de costa a costa, de orilla a orilla. Aunque de vez en cuando le guiñamos el ojo al Sur del compás, que nos marca el rumbo en la proa de Karuna, nuestras ruedas han de llevarnos navegando hacia levante. He descubierto que me gusta pedalear hacia el este. Al atardecer, el Sol proyecta mi sombra delante de la proa y, después de jugar a sombras chinescas, pienso en ella… En mi sombra… En la que no se ve. Y es cierto, cuanto más me acerco a ella, mas pequeña se hace. Largo y apasionante camino por rodar.

Pero hoy parece que no habrá sombra, ni tampoco luz. Hoy llueve y sopla viento, uno de esos días en los que tiendo a dejar que el color del cielo me contagie el ánimo. Melancolía. Y esto, también cambiará…

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Disfruto mucho del Mediterráneo de esta orilla. Está bravo e imponente. El sonido desgarrador de las olas rompiéndose me impresiona. Vida, fuerza y belleza. El mar me hipnotiza, me atrae tanto que no puedo resistirme a pasar largos  ratos observándolo…

Ampliando la perspectiva. Sé que formo parte de algo mucho más grande que yo mismo.

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Poco a poco, entre risas, subidas y el crujir de los piñones, que van como locos, vamos ganando sur. La ruta que costea por las alturas de Cinque Terre es preciosa. Una línea que ondula y pendula durante muchos kilómetros separando el verde de la tierra del azul del mar. Coloridas casas, se agrupan como queriendo trepar por las laderas de estas montañas tan abruptas, dando vida a diminutas aldeas que van salpicando de colores la costa. El paisaje es mágico. Los desniveles, también.

Partimos de Vernazza resoplando, recordando la sonrisa  que traíamos cuando arribamos desde las alturas. La subida es muy fuerte. Aunque a veces me cuesta dar el paso, pedir ayuda es hermoso y Said no lo duda ni un momento. Compartimos un ratito de la ruta en su furgoneta, disfrutando del paisaje, de su compañía y de su historia. Hace años  que salió de Marruecos para cruzar el Mediterráneo buscando una vida mejor, mas agradecida. Italia lo acogió y hoy cubre todas sus necesidades. Pero cuando habla de su familia, que moja sus pies en la  orilla africana de un mar que comparten en la distancia, sus ojos se llenan de tristeza y añoranza. Hoy, ambos estamos emigrando lejos de nuestras raíces, de nuestra tribu, poniendo a prueba el sentimiento de pertenencia… Pero, sin duda, cuando se lanzó la moneda al aire, a mi me tocó la cara. Yo puedo elegir. Me siento afortunado y me pican las miserias por dentro. Salam Aleikum, Said!

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¡He dormido en el circo! Ayer ya quedaba poca luz y mientras íbamos agotando opciones de los lugares donde pasar la noche, Tayko levanto la vista y también la sonrisa: “Ya sé donde dormiremos hoy”. A lo lejos, la gran carpa del circo Orfei, apunta al cielo. Dicho y hecho. Nico y Lumi nos acogieron anoche como el que recibe a un hermano que llega de un largo viaje.

Compartimos buen vino, confesiones e ilusiones. Que placer. Me calienta el corazón encontrar comunidad y humanidad. Claro, el mundo está lleno de esto también, solo hay que levantar los ojos mas allá del ombligo.

(Italia, Costa Oeste)

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