Paisajes y erotismo

Los días pedaleando por la Toscana me saben muy ricos. Es fácil y natural convivir en la ruta con mi amigo Tayko. Nuestros ritmos son distintos y en los cruces y desvíos importantes, me alegra ver su silueta a lo lejos, esperándome. Mi amigo acumula muchas horas de sillín y de apretar riñones. Aprendo a ‘ir a rueda’ y a dar relevos siguiendo sus consejos y disfruto también de no estar solo. Cuando la carretera se hace aburrida, lo pasamos bien rodando a buen ritmo.

Sin apenas darnos cuenta, se nos van escurriendo los días y nosotros, tratando de fluir, los pasamos entre risas y charlas sin sentido. Entre silencios. Y tambien entre tranquilas confesiones a la puerta de la tienda, espantando mosquitos, disfrutando de una sencilla cena al final del día. Al ponerse el Sol, nuestros dias se van llenos de vida, dejando tras de sí una estela de buenos recuerdos. Me meto en el saco pensando en que de eso es de lo que estoy hecho, de recuerdos y vivencias. Y también de miedos y sombras. Y de anhelos y esperanza. Y de sueños.

A veces tengo la sensación de estar en otro lugar. Este rincón de Italia es único, y también está en otros sitios. Está en La Mancha, en La Rioja, en Navarra y también en Extremadura. Que bonita es la tierra de donde vengo.

El paisaje está vestido de verde, mucho verde. De marrones y amarillos. Y es ondulado. Las únicas rectas son las dibujadas por el hombre para cultivar cereales y viñedos. Crecer sin expandirse demasiado, sin sobresalir para no molestar al vecino. Y si te pasas de la linea marcada, te podamos para reconducirte a “tu” lugar. Me imagino que algo así deben sentir estos pequeños arboles que crecen obligados, haciendo equilibrios. Todo en línea, todo en orden. La Naturaleza utilizando la intuición y el hombre, la razón. Casi seguro que en el camino medio, el vino está mucho más rico.

Con todo, es un hermoso lugar que no nos cansamos de contemplar. Las montañas todavía quedan lejos y la vista se desliza divertida sobre las lomas que suben y bajan hasta posarse en lejanos horizontes. Me recuerda al mar de fondo de otoño, con olas que ondulan pero no rompen. Nuestras ruedas navegan por un mar verde. Un mar en calma en esta tarde de primavera. Tayko deshace el silencio con gracia: “Este paisaje es erótico, estoy viendo las curvas de una mujer”. Nos miramos, y echamos a reír con gana.

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Al moverte a una velocidad tan lenta, los cambios se asimilan sin prisa y todo se percibe de manera distinta. En unos pocos kilómetros, no solo cambia el paisaje. Tambien lo hace la luz, la temperatura, los olores, la humedad, las personas y demas animales que lo habitan… Y también he cambiado yo, aunque hay demasiado ruido dentro como para percibirlo en este momento.

Y así, con algo de pereza, van llegando nuestras ruedas a las montañas de La Umbria, pobladas de pinos, carrascas y olivos. Y vuelve el olor a bosque y a recuerdos. Me siento en casa.

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Hoy he dormido junto a un lago de agua verde y fría. Me gusta sentir mi cuerpo ingrávido mientras el agua me recorre la piel y gritar al sacar la cabeza para respirar. ¿Habré sido tortuga en otra vida?

(Italia)

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