Decir adiós no es tan difícil

Hoy es el día. Es temprano y con ayuda de la familia, voy estibando las alforjas en los costados de la “burrita”, así es como me gusta llamar a mi bici.

Siento nervios como hacia tiempo no sentía. Llevo varios días con la emoción viviendo en la piel y un millón de mariposas revoloteando en el estómago. Parece que las emociones, el miedo a lo desconocido y las incertidumbres, encontraron un lugar donde quedarse. Demasiado material para tan poco espacio…

Decir adiós no me resulta fácil, y con las mariposas trepando hacia la garganta, no salen las palabras. Las ruedas empiezan a girar y las mariposas, al fin, echan a volar. Y lloro. Lloro durante largo rato, desbloqueando mi cuerpo, aligerando el alma. Siento las lágrimas rozando la piel… y río. Y grito. Rio y grito. Y lloro. Y vuelvo a gritar…

Y así, meciéndome en mi propia locura, voy sintiendo mi cuerpo y una extraña e intensa felicidad que nace justo en el hueco que dejaron libre las mariposas al echar a volar. Lo estoy haciendo. Tomo la vida de la mano y me pongo al timón. Esta es mi vida, me pertenece y decido vivirla, sentirla y respirarla desde el sillín de mi bicicleta.

¡¡¡Viento en popa a toda rueda!!!

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